El estrecho espacio que nos separa
En la exquisitez del esplendor
hay un rumor de ruinas y un presente inundado
por esta edad de los desguaces.
Toda una civilización huele a miedo.
y ya sabemos: el miedo marca fronteras.
En lo monumental del escenario
hay un vacío de vidrios rotos
y un futuro invisible
inyectándose plástico ahumado.
Toda una civilización virtual
se cuece en el olvido
y ya no hay épica que la sostenga.
Pero hay sentimientos
que atraviesan el aire,
acompasan el eco a la nostalgia,
acomodan el paisaje y la memoria
y nada saben del tiempo y su medida.
Donde la mirada no miente,
en un guiño inesperado de la vida,
hay un brillo que nos duele
-despertador que nos desvela
y ahuyenta de nosotros el sueño epicúreo-
y nos devuelve nuestro pasado.
Allí donde tiernamente somos,
en un grito inesperado del recuerdo,
nos sorprendemos reconocidos en sus ojos.
Ojalá sea la hora de puntualizar la alegría,
ponerle comillas al tren de la intensidad
y acentuar lo que nos queda de valor y de riesgo
para intentar un atrevimiento comprensivo:
una historia con otra historia,
el estrecho espacio que nos separa,
un mismo mar y un mismo cielo.
Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados