El estrecho espacio que nos separa
En la exquisitez del esplendor
hay un rumor de ruinas y un presente inundado
por esta edad de los desguaces.
Toda una civilización huele a miedo.
y ya sabemos: el miedo marca fronteras.
En lo monumental del escenario
hay un vacío de vidrios rotos
y un futuro invisible
inyectándose plástico ahumado.
Toda una civilización virtual
se cuece en el olvido
y ya no hay épica que la sostenga.
Pero hay sentimientos
que atraviesan el aire,
acompasan el eco a la nostalgia,
acomodan el paisaje y la memoria
y nada saben del tiempo y su medida.
Donde la mirada no miente,
en un guiño inesperado de la vida,
hay un brillo que nos duele
-despertador que nos desvela
y ahuyenta de nosotros el sueño epicúreo-
y nos devuelve nuestro pasado.
Allí donde tiernamente somos,
en un grito inesperado del recuerdo,
nos sorprendemos reconocidos en sus ojos.
Ojalá sea la hora de puntualizar la alegría,
ponerle comillas al tren de la intensidad
y acentuar lo que nos queda de valor y de riesgo
para intentar un atrevimiento comprensivo:
una historia con otra historia,
el estrecho espacio que nos separa,
un mismo mar y un mismo cielo.
ABRIL
Cómo explicar esta manía
de buscarte en todas las ciudades,
cuando camino solo entre las gentes
deseando hallar en cada rostro
algún signo que recupere
el recuerdo de tu risa,
caricia que necesito con urgencia
para no derrumbarme en el vacío
de esta somnolencia hibernada en la nada.
Como explicar esta manía
de buscarte cada abril
en el latido acelerado de mis pasos,
entre las señales que marcan en la piel
el ímpetu de la sangre hacia la punta de los dedos,
en el camino que mira hacia otros ojos
cómplices en el reconocimiento,
y en las raíces del vínculo sutil
con el tiempo lejano y perdido.
Cómo explicar esta manía
de buscarte en todas las ciudades
De reconocerte entre las gentes
de recordarte en cada abril
si no es porque me quedó de ti la ternura.